El Viejo y El Gato
by K. Menard
Era uno con divagar por las veredas más ausentes, donde solo los garitas sabían usar el tictac descompasado de su bastón como aguja de reloj. Iba y venía sin rumbo, siempre vestido de pena y sin publicitar una pizca de su razón. Cara de nada, incluso si se quitara los lentes ovalados de tinte macabro. Y así conocía más del barrio que cualquier vidente y capaz.
Más fiel al barrio era la mascota del viejo. Un gato tuerto, incansable y mal cuidado. Tieso como el dueño, falto de ternura y de edades indescifrables. Sobrando en inquietudes. Un pelaje cemento y pozos de cuero cabelludo adueñados por sarna, de ojos cielo mal abiertos y siempre a punto de llover. Algo malo, pero lejos de lo arisco. Inquieto ante la primera ojeada sospechosa. Juntos, habitaban en la cúspide del no soportar al ajeno.
En el invierno del 05 se lo vio al viejo con manos en alto, murmurando cuasi palabras de disculpas a Marita, quien lloraba a gritos entre tristeza y furia con su caniche en brazos sangrando de la oreja con un cuarto de cartílago faltante. Ni más molestias más que putearlos se hizo antes de un trote exigido hacia la remisería más cercana rumbo a curar a Pompita y jamás caminar por esas cuadras de Banfield otra vez.
—Menos cerca de ese viejo roñoso —se quejó Marita ese fin de semana con su hija Valeria mientras acariciaba a Pompita, ahora con las orejas vendadas.
Eran unas constantes de los alrededores. No por falta de hogar, ya que aquella residencia era igual de infame, aunque poco notable de no ser porque aún con su frente de olvido jamás fue vandalizada con grafitis. El barrio sabía. El viejo y el gato se aseguraban de limitar sus caminatas sin alejarse más de veinte cuadras de la guarida deshabitada. No estaba de más decir que el viejo pisaba el lado lejano de su séptima década ocupando nombre y número de documento, y aun así andaba sin mucha pausa excepto en días con diluvios bíblicos. En ese caso, se refugiaban en alguna estación de servicio o algún local con toldo y seguían.
Del gato poco más se sabía. Uno lo veía y lo calculaba más como un cadáver a enterrar que un nombre a llamar o querer darle refugio. Inseparables hasta en comparaciones.—Para mí se come otros gatos —jodía Fede mientas pasaban por la vereda de enfrente con su novia Lucía, a quien jamás tuvo el coraje de decirle que no le gustaba tanto, pero menos ganas tenía de ver a los buitres de sus amigos tirarle la jauría apenas divulgada la noticia—. Cazan juntos —y la empujó.
—Dale, boludo, qué turbio —le contestó ella, y se aferraba a su brazo derecho fingiendo enfado.
Algo de razón tenían. Consumían tantas cuadras en su presencia que los paseadores de perros les evitaban, con radares ajustados cósmicamente, casi como los de los garitas. Los gatos, callejeros o vecinos por igual, miraban desde lejos con los pelos de punta, haciendo puentecitos con la espalda. Ni un pajarito se animaba a hacerse escuchar por ese gato. Quizás por el viejo tampoco, por las dudas.
—¿Lo paraste alguna vez, vos? —preguntó una noche Nicole a su compañero patrulla. Se sonreían ambos, inclinados en el coche de la comisaría 2 por Vergara. El muchacho quebró un blíster de ibuprofeno y se tragó uno cuál golosina, sin líquido más que su saliva. Dolores cervicales.
—Ni en pedo —le contestó Darío en voz baja, viéndolos pasar a metros, con el gato amagando a saltar sobre alguna medianera y hacerse ver en la noche. A esas horas era más activo y casi parecía un animal—. Bocha dice que fue de los intocables allá por los ochenta —dijo retorciendo su cuello sin descansar la vista del viejo y el gato—. Tiene una buena cantidad de quilombos, anda a saber con qué te salta si lo acorralás.
Nicole tenía las ganas. Era nueva y jodona, receta perfecta para jugarle todo al azar de la irresponsabilidad, pero algo en el tono de Darío la limitaba. Pocas cosas veían de ese lado de la localidad, pero escuchaban otras tantas de colegas limítrofes. Un intocable era jugársela demasiado. No importaba que tan ciego y frágil.
—Pibitos —dijo Darío luego de unos segundos de masajearse los músculos que intentaban sostenerle el cuello a toda hora—. No sé hasta qué punto, pero sé que era muy jodida la cosa. A pocos los podían despedir a cajón abierto.
—¡¿Y qué hace caminando por ahí?! —casi gritando al aire hacia ellos, aunque abandonó de inmediato la idea de ir a zamarrear al viejo. Darío alzó las cejas, revoleó los ojos, frunció los labios. Sin más queagregar, prendió otro cigarrillo y los miró irse a lo lejos. Nicole dejó de presentarse en la comisaría unos días después. Darío jamás supo si se fue voluntariamente o no, pero le asignaron a Paola, que usaba el uniforme más ajustado, le sonreía más seguido y no eructaba después de un trago de gaseosa. La perseguiría sutilmente con muchas ganas y poco éxito hasta cumplir treinta y ocho, quince de fumador, y verla casarse con un arquitecto.
El psicólogo asignado a los casos no quiso saber más que lo conocido bajo confidencialidad y algunos archivos. Lo perseguía la voz susurrante y los manierismos cabizbajos del no tan viejo en aquel entonces. También la falta de testigos. Nunca existió más que una investigación al respecto. Por alguna razón u otra, ese viejo escapaba todo tipo de permanencia. Ni siquiera llegó a ser un ícono del folclore banfileño para plasmar su nombre en la historia barrial.
Podría considerarse parte de una investigación aquel día en que Fede y Lucía, volviendo juntos del colegio y viviendo exageradamente la sublime obsesión adolescente con el otro, lo vieron al viejo sentado en la vereda, derrotado. El gato a su lado, con la barriga inflando y desinflándose al ritmo de la tranquilidad de un mediodía de noviembre. Una ola de calor temprana en estación los había tomado por sorpresa. Se habían deshidratado, en su falta de frenar ante viviendas con canilla a la vereda, sin darle importancia a lo que causaban esas telas rotas que solían ser remeras y camisas de alguna marca, con logos descosidos o desteñidos, bajo los treinta y tantos grados, pesadas y húmedas con sudor. Fede se había acercado primero con una botella en mano, ofreciéndola con ojos de buen samaritano, de irises color jade y un brillante futuro. Lucía miraba de lejos haciendo una cara de asco que enmascaraba intriga, amor por Fede y un mal augurio heredado de su madre.
—Tome un poco de agua —dijo Fede luego de notar que el viejo no lo veía ahí parado. Para sorpresa de ambos, el viejo la agarró casi de inmediato y de manera brusca, dado el crujir del plástico y la etiqueta, incómodamente repentino, y los asustó más allá del ruido. No hubo señales de agradecimiento, y peor aún les cayó que luego de desenroscar la tapita con torpeza y temblor, lo vieron vaciar la botella sobre el gato. Anonadados miraron como no solo el gato se relamía con el agua mineralfresquita sobre su pelo, sino también el nacimiento de una sonrisa antinatural en el viejo. Una carcajada deforme y forzada, con tos y flema, tan corta como el caudal de la botellita.
—¿Seguro que no la necesita? —preguntó Fede intentando perdonarle la extravagancia recia. Y ahí el viejo lo tomó de la mano y lo hizo ver todo. Lucía se ahogó con su propio aliento, congelada en su temblor. Fueron dos parpadeos de duración para ella, pero Fede lo vio todo. Poco podría decirle a ella que nunca se animaría a confrontarlo en tres meses, cuando inevitablemente cortaran su noviazgo inocente por amoríos futuros y recuerdos dolorosos, y a Fede le dolería mucho no recordar su rostro con otra inflexión que no fuera la de una niña en llanto, pidiéndole todo con los ojos y nada con palabras, sabiendo que de tan solo pedirle que se quedara y lo piense un poco más hubieran sido inquebrantables. Fue una carcajada del viejo y un forzoso apretón de manos encalladas que lo dejaron fuera de ese juego de bondad civil y lo pusieron tres pasos en reversa, titubeando, con ganas de putearse a sí mismo.
—Vení, dejalo al loco este —le susurró Fede a su novia al sacudirse la mano. Insultó por lo bajo, aguantando un llanto que no quería soltar, atando nudos sobre nudos en su garganta hasta que pasaron diez cuadras, diez años, y jamás volvería a verla a Lucía sonreírle desde tan cerca. Solo en fotos viejas que revisitaría cada tanto, en intervalos coincidentes con otras penas que no tardarían en llegar. Y la risa del viejo, un eco morboso, un todo macabro que vio y no se dejó recordar.
Para un transeúnte trabajador, en su rutina encontrada con el centro comercial cerca de la estación, dónde el viejo discutía por las madrugadas con gente genuina en su falta de hogar, todos eran un borrón de colores mugre entre el resto. Obstáculos a esquivar bajo el cuántos pasos me faltan para llegar a la parada. Mundos aparte eran esas cuadras de tumulto y movimiento comercial, comedores y comidos, motores apurados y llantas ensordecedoras dignas de la Capital no tan lejana desde esas cuadras. Y entre esos transeúntes estaba Oriana Galíndez. Diecinueve años recién cumplidos el 20 de marzo. Estudiante de turismo, primer año de independencia, alquilando en los alrededores de la estación, lejos de su madre en Budge. Oriana iba de jean y top negro, mochila celeste gastada en su espalda. Metro sesenta y cinco. Decía tener un par de kilos de más sin importar la opinión del resto, y luego pesaríaunos cuántos menos. Hasta ese momento sin lesiones en su cuerpo. Entre esas malas fortunas de la vida, se le dio por tomarle pena al viejo también. Lo encontró en el túnel de la estación acurrucado junto al gato, ambos con leves heridas de fuerza bruta. El animal demacrado e inconsciente.
—Señor, ¿qué pasó? —dijo trotando hacia ellos—. ¿Le hicieron algo? —Y levantó el bastón quebrado a un par de pasos, no sin antes revisar que el gato respirara y tomarlo en sus brazos con precaución higiénica. Ante la falta de respuesta del anciano, aún serio en su jadear, simplemente se animó a ofrecer su hombro y asistirlo hasta la salida de la estación, llegando a la plaza en plena oscuridad casi medianochezca. Allí le preguntó a un hombre de mediana edad si la ayudaba, que unos vivos se habían salido con la suya con un señor precarizado. Ahora ella con el gato, y el hombre con el viejo inclinado en su hombro izquierdo. Así fueron hasta la comisaría 2 en Vergara, sin mucho conversar.
Un patrulla en la puerta los atendió con mala gana, fumando su quinto cigarrillo en el día. Lo engancharon en receso y sin compañía. Alzó la vista sin mucho interrogatorio.
—Lo golpearon en el túnel de la estación —dijo Oriana tratando de recuperar un exhalar más contenido—. Al gato también.
El patrulla los miró, unos segundos de más para el viejo, y finalmente les indicó con antagonismo que los iba a llevar a donde vivía, que siempre le pasaba algo así, metido en quilombos con la gente. Que era un milagro que siga con vida, chistaba mientras ofrecía llevarlo hasta la puerta de su casa, que podían dejarlo en la comisaría y les agradecía por la buena acción, aunque en su tono había poca sinceridad y sonaba más a cortesía rutinaria y falta de sueño. A todo ello, Oriana en desconfianza le contestó que lo quería acompañar, que le preocupaba el gato, y alguna otra excusa que no recordó al momento de decirla, pero comunicó con éxito que en la policía no confiaba sin así decirlo. Y el patrulla alzó sus cejas, revoleó los ojos, y manejó sin saludar al muchacho de mediana edad que la había ayudado en ese tramo hasta la comisaría.
Las calles de Banfield por la noche saludaban poco a los autos vestidos de azul y blanco, ya que preferían el descansar en quieto y silencio. A Darío le encantaba cualquier excusa para prender lassirenas y pasarse los rojos sin repercusión. Tiempo récord para Oriana y justificar sus prejuicios, mientras acariciaba al gato en la frente, dónde aún el pelaje estaba intacto de descuidos o comunidades insectiles y bacterianas. El viejo mantenía su cabeza inerte, pensaría uno que meditaba o rezaba en su quietud.
El camino no fue largo. Podría haberse hecho a pie de no ser por la hora, para no decirse a uno que era más por el país y la mala junta que por el alucinar colectivo de unos números que permitían ciertas actividades. Una superstición aceptada como hábito y «tener calle». Y así llegaron al frente de la casa del viejo. Ancha en su lote, ventanas con persianas pesadas de tablas de diez quebradas en las puntas y con hinchazón por la humedad. Ladrillos bien colocados, importados de Europa y aparentando no serlos tras tantas capas de suciedad. Vegetación variada en el jardín posterior, casi tropical en su despliegue por la vereda, y una notable falta de seguridad medianera ante la calle. Más de un piso, y el patio trasero parecía ser más grande que el departamento que Oriana alquilaba. Darío se quedó apoyado en la trompa de su patrullero, las luces aún encendidas, y de alguna manera evitaba mirar hacia la casa, el viejo y todo el suceder que le tocó asistir.
—¿Tiene sus llaves? —preguntó Oriana. El viejo respondió con agilidad y le cedió una única llave de bronce a la muchacha. De no haber sido un extraño notaría que era fuera de carácter y no una señal de mejoría. Sin bastón caminó el viejo asistido por Oriana, de pelo castaño largo hasta la cintura y una bondad militante en su seguridad, de convicciones simples y un tanto personales, como si alguien muy querido se reflejara en la apariencia engañosa del viejo bajo la oscuridad y los moretones que sanarían al cruzar la puerta, cuando ya estuviesen lejos del patrulla y su humareda y la angustia que llevaría el resto de su vida por negligencia.
Oriana entró más por curiosidad que por idiotez, aunque entre sí compartían la irresponsabilidad de ignorar alarmas adquiridas por vivir en una realidad adversa a su existir. Aun así, quería asegurarse de saciar esa inquietud ya hecha un trance, ese no saber y llevarse una anécdota positiva, pero el aire a humedad y la polvareda dentro de la casa le sofocaron el pensar. La tecla de la luz del living hundida y casi inutilizable se prestó una última vez al encender, llamando a despertar a una lámpara de filamento tenue y tercermundista a reducir la oscuridad. Los muebles tapados con telas finas, tejidas a mano al parecer, y el crujir de las tablas de madera le dieron a entender que el viejo no había dormido en esa casa por años. Pero al viejo no le preguntó nada más, porque ya no lo veía, curado o no, y tampoco al gato. Más fuerte era lo otro. Era el zumbido de algo en el fondo y un hedor putrefacto, y las tantas puertas sin abrir a su alrededor, con la escalera inmensa centrada al fondo que sin dudas chillaría de dolor ante cualquier pisada sin importar el peso. Era el patrulla en la vereda intentando entrar con un tardío instinto asesino hacia el viejo intocable y los tantos degenerados como él, entre las voces de sus superiores recomendando discreción y que algunas cosas funcionaban de cierta manera. Eran las horas que faltaban para que la luz del día fracasase todo intento de entrar en esa casona y así, después de décadas, dar comienzo a un debido allanamiento y una trama de justicia. Pero solo estaba Oriana. Caminaba hacia la única puerta que no debía abrir, el sonido de la luz del living de nuevo que se apagaba al rato, defectuosa, la oscuridad de una casa tapada mucho más profunda, negro digno de un fondo de laguna sin fauna, muy diferente a su departamento brilloso por la luna no tan lejana y el alumbrado público que dejaba ver siluetas y un poco más. Pero en esa casa eran casi indivisibles y parecían bailarle y mecerse y columpiarse para hacerse sentir, hacerla pisar uno de los tantos ojos tirados y rozar con los dedos, buscando una tecla, las pelucas sin nombre clavadas del cuero en las paredes junto al resto, y sus restos, y los llantos que ya no eran. El fallecer de las esperanzas por una realidad bella y ajena a lo nefasto, al viejo ausente y el gato ojos menta, pelos de paja y de punta, que entre tan poca luz parecía asomarse bípedo y casi tan alto como ella, junto a la sensación del no poder gritar o emitir sonido alguno.