3:33
by K. Menard
Debí haberlos matado con mis pasos descomedidos al entrar a ese café. No me miraron como había imaginado: no se fijaron en mi traje arrugado, de una talla más grande y empapado por la llovizna matutina de la ciudad. Tampoco alzaron la mirada para indicarme que cerrara la puerta, aunque lo hice de todos modos.
No sé qué hacía ahí, solo, otra vez. Si hubieras estado, lo habrías sospechado a la distancia; incluso entre mis amenazas de ocupar otro lugar me sentaría en nuestra mesa de siempre. Estaba bien pegada a la vidriera que daba a una esquina sin identidad, donde el edificio gris intentaba imponer su carácter industrial, pero perdía ante la arboleda de la plazoleta en la otra cuadra. Una disputa relativamente nueva para ellos. El traje me olía a humo de escape y a cigarrillos ajenos, como si la tela asfáltica se enorgulleciera de todo lo relacionado con la calle. Yo no. No con la humedad del rocío mañanero, ese goteo de muerte lenta nacido de nubes llorando al amanecer. La tela barata se pegaba a mi piel como una penitencia. La holgura del traje se desvanecía con la pegajosidad, al igual que mis modales.
La condensación en el vidrio transformaba el campo de raigrás invasor en una mancha imprecisa, perdiendo su forma entre las sombras de la reserva de edificios coloniales que lo rodeaban. Recordé cuando susurrabas esa idea infantil, esa ilusión de que la ventana era una pintura viva. Algo atrapado entre el vidrio y la realidad, que solo vos podías ver. Una obra de Orlando D'Azzo en sus pocas visitas a Buenos Aires, antes de que lo colgaran en Medellín. Y no era así. Sinceramente, para mí era una mierda todo. Nada que inspirara filosofías disidentes plasmadas en óleo para ser difamadas por académicos en sus tangentes innecesarias, o por estudiantes quejosos y soberbios, desesperados por hacer notar sus opiniones de desacuerdo. Te hubiera seguido el juego si me hubieses importado en lo absoluto. No entendía cómo te imaginabas universos en ese café de tantos nombres que cambiarían al año, con impuestos a nombre de otro dueño que servía las mismas cosas que otros cientos en la ciudad, salvo alguna cosita que te interesaba, hasta que ya no. Te inventabas sabores imposibles y se los pedías a la mesera, diciendo que estaban hechos de frutos de arbustos que ni los botánicos más excéntricos habrían registrado. Y cuando el vidrio escondía sus contenidos en esa semi-transparencia empañada, dibujabas caritas sonrientes. De seguro gritaban de agonía; no podían rechazar su propia creación. Y les ponías nombres que ya no recuerdo. «Dejá de tocar esa ventana sucia», te decía. Y entonces querías lanzarte de cabeza a través de ella, sentir el vidrio invadiendo tu piel, escuchar los gritos de los extraños en pleno desayuno, ajenos a todo lo nuestro.
Esa mañana, tu silla me saludó con un silencio incómodo. Sin tus divagaciones surrealistas para rechazar, me sentí a la deriva. Caminé hacia la mesa, mirando a mi alrededor con una ansiedad incontenible. Y vos solías mirar hacia otro planeta, un lugar que nunca llegué a visitar.
Me senté ahí con la misma prisa que solías tener, pero con un tono diferente. Sentía que el resto de los clientes se molestaba por el ruido de mis pasos, culpa de los zapatos viejos que compré de segunda mano porque me dijiste que me harían ver más hombre, «por fin». Las baldosas me quemaban las suelas, como si se desgastaran entre sí. No se me ocurría qué diferencia haría comprar un par nuevo; mojaría la pata de la silla de la misma manera.
El reflejo en el panel de vidrio me devolvió una imagen cargada de años. Demasiados ya para esos recuerdos tuyos tan vívidos. El traje, con sus arrugas y su olor a calle, debió ser un indicio suficiente. Si alguien me viera ahí sentado con vos, ese rechazo mudo sería suficiente para destrozar cualquier ilusión de pertenencia. Juzgado por suposiciones al verte a mi lado, alguna vez cercano y hoy un extraño dejado por el tiempo. No podría disimular un porte de parentesco. Un tío divorciado y endeudado, quizás, pero eso no garantizaba discreción. No es que irían a increpar de inmediato, pero me picaría todo el cuerpo, de pies a cabeza, como si una colonia de hormigas rojas hubiera instalado una entrada en las uñas de mis pies, invadiendo la carne debajo, usándola de alfombra, entrando y saliendo sin importar el cosquilleo que causaban. Entonces gritaría que no te conocía, que estabas pidiéndome una medialuna y que yo no quería saber nada. Lo peor sería tu reacción: te pondrías a actuar, disfrutando de la improvisación, y luego estarías a carcajadas, ya afuera, contenta de verme transpirar un poco.
Al poco tiempo, recordé la reunión. Tenía que estar ahí sin falta a las diez. Un cliente esperaba el detalle de una inversión extranjera y yo, como siempre, debía aparentar saber algo al respecto, aunque había algo que no encajaba. Tenía que inventar la idea de un beneficio a largo plazo y que la pelota siga rodando. No había relojes a la vista, pero de alguna manera sabía que eran las tres y treinta y tres. Siempre era así. Podía imaginarte mordiéndote los labios, lanzando palabras hirientes seguidas de esa risita, preguntándome por qué me ofendía. Las baldosas se retorcerían bajo mi mirada, evitando la tuya, porque la guerra comenzaba de nuevo y no quería pensar en diplomacia. Entonces, tus ojos regresarían a la pintura del vidrio. Ojalá te hubieras lanzado, de cabeza, de hombro o de cualquier parte de vos, si eso matara tu recuerdo.
La mesera de siempre llegó cinco minutos después de que me transformara en estatua en nuestra mesa. Supe que era ella por el logo moderno y horrendo en su blusa borgoña, un poco más ajustada que la vez anterior, pero me esforcé en no perderme en sus detalles. Recordaba lo suficiente: el cabello color miel recogido en un rodete improvisado, la nariz curiosa y puntiaguda, la piel brillante, uniforme y propensa a sonrojarse, y esos iris color caramelo derretido. Todo eso ocultaba las proezas de la actriz premiada en la que se convertía al acercarse a los clientes. Un solo movimiento en falso y se convertiría en dueña de vos, como llegué a entender aquella vez.
Esperó junto a la mesa durante unos diez segundos—los conté—antes de que mi silencio la obligara a respirar hondo y preguntar por mi pedido con la inflexión más cálida que sus habilidades teatrales le permitían. La ola de calor era insoportable, pero yo siempre pedía café. Le dije «lo de siempre», y me pidió que lo aclarara. Estaba seguro de que ya me había olvidado, que había borrado de su memoria mis infinitas visitas a la misma hora, nuestras conversaciones vespertinas, pero tenía que confirmarlo una vez más. Sin apartar la vista de la ventana, le pedí un ristretto y tres medialunas. Ninguno de los dos dijo una palabra más. Ni siquiera lo anotó en el bloc de notas celeste, donde habrían quedado tatuados los garabatos de mis intentos por darle indicaciones desde el café hasta el Colón en su primer mes en la ciudad. También estaría ahí mi número, seguro. Se alejó con un paso más rápido que antes, como si tuviera cosas que hacer más allá de tomar pedidos. Nada en mí podía impedirlo. No en ese entonces, y tampoco antes. Y, como siempre, me olvidaba de por qué estaba allí: la reunión, la inversión, el eslovaco, la deuda, mi edad, los años dejados atrás.
Fue entonces cuando despegué la vista de la ventana. En el café había más mesas solitarias esparcidas sobre las baldosas color ocre, con sillas idénticas de caoba, aunque esas no parecían tambalear como lo hacía la tuya. Trece de ellas, vacías, le hacían compañía y la cuidaban. De qué, no lo sé. Las que no, las ocupaba otra gente: un chico con un gato gris, un anciano y un escritor emponchado. Se les notaba miserables, desvelados. Yo de eso sabía bastante.
Cuando Celeste volvió con el café y las medialunas, después de haberme rendido ante la amnesia, me atreví a mirarla a los ojos. Cristalinos como siempre, anclados al movimiento de la taza negra y jade, mientras sus dedos apretaban el pequeño plato del mismo material. Su atención era intensa, como si sospechara algún infortunio por venir. Tuve ganas de decirle que no pasaría nada malo, mintiéndole una vez más.
Llegó con mi pedido intacto. Lo apoyó sobre la mesa, y un ligero exceso de fuerza al dejar la taza—nunca le acerqué la mano—provocó una ola de espresso que manchó el color beige de la mesa. Ninguno de los dos le dio importancia de inmediato; habría que limpiar mucho más en un rato.
Al poco tiempo, la vi observar la mancha a la distancia cuando regresó detrás del mostrador, sin decir una palabra aún. Yo, sin embargo, pensaba en reprocharle algo. Nunca con la intención de pedir disculpas, pero sí extrañaba su voz. ¿Estaba enojada conmigo, acaso? ¿Cansada de mí? ¿De todo? Quizás también quería partirse la cabeza contra el ventanal, tirarse con toda su alma. Quizás yo también.
Cansado de intentar descifrarla, tomé el primer sorbo amargo. Como si el olor y lo oscuro del ristretto fueran una poción de magia negra, recordé. Fue un destello de eventos, días pasados o futuros, pero ocurrió una vez, luego otra, trescientas veces más, hasta que cesó. Debí haberlo olvidado, haber pisado con miedo, con la mitad de la suela sobre el eje roto de la silla de caoba, ahora de un color envejecido, lejos del marrón y adentrándose en lo azabache.
Todas las luces se apagaron de golpe, sin transición, como si estuviera en un montaje y el equipo de rodaje decidiera cambiar el horario y el clima, señalando el comienzo del diluvio, un llanto a cántaros. El verano cesó en ese instante perdido en el tiempo; la arboleda falleció en tandas, soltando hojas como caspa. El sonido de las gotas violentas ante las ventanas sería de mi agrado usualmente, pero allí se oía excesivo. En crescendo, el caos mismo acechando de manera universal, porque lo era todo. Y alrededor mío nadie miraba hacia el ventanal; se ocupaban más de sí mismos. El escritor seguía mirando el mismo párrafo que apenas ocupaba un tercio de la hoja. El viejo contaba unas monedas que sacaba del bolsillo sobre su pecho. Monedas negras, irreconocibles, salvo por él mismo. El niño y su felino parecían dormir, acurrucados de la misma manera sobre las sillas. A Celeste no logré verla en ese instante, y calculé que se había ido a atender alguna gotera en el depósito, o tal vez al baño en búsqueda de una salida. No había rastros del sol afuera. El edificio gris parecía más grande entonces, como si se hubiese asomado regodeándose de la vista fúnebre, con sus enemigos eternos desvaneciéndose ante la circunstancia otoñal sin aviso, incapaces de despedirse de los animales que vivían sobre o de ellos.
Di un segundo sorbo al café, que de repente estaba helado. Un sorbo por inercia y nerviosismo, de seguro. Usual en mí, desdichado por vos. Los sonidos del sorbo, la taza sobre el plato, el chirrido de la heladera nueva—ahora oxidada—, ya no persistían. Sólo la lluvia, mis pensamientos, y algo más. Mi respiración aceleró sin causa consciente; un ataque de pánico desincronizado. Palpitaciones y ganas de pararme en el lugar, pedir auxilio, preguntarle al resto si sentían aquello en la distancia, bien al fondo del barrio o de uno, pero las palabras quedaron en mi garganta, o más al fondo, como si me hubieran sellado los labios desde dentro, con cera caliente y miedos impronunciables.
Y no pude evitarlo: miré por la ventana una vez más.
Ahí estaba, escondido. Inexplicable. Quizás lo supe desde siempre. Quizás fue la ventana la que lo dijo, el mismo D'Azzo susurrando a pesar del alambre de púa que abrazaba su cuello. Era imposible no prestarle atención, buscarlo como uno busca a su madre entre el tumulto, temiendo perderse para siempre. Y eso era lo que hacía yo en ese momento, sin saber ni quererlo. Pero me permitió ver con claridad.
Entre las gotas que recorrían el vidrio, entre las manchas de condensación y la lluvia rabiosa que golpeaba cada rincón de la calle, había algo más.
No era un reflejo. Tampoco una silueta. Era un hueco. Un espacio donde la realidad se fragmentaba, como una pintura antigua que alguien había rasguñado descuidadamente con un cuchillo, dejando al descubierto lo que había atrás. Y no había nada.
Cuando se me pasó, habían pasado horas y ya no había gente afuera. El escritor seguía en el café, colgado. El anciano y el nene, sin el gato ya, sentados cabizbajos. Todos sin moverse, incluso en ese estado. El resto del lugar estaba completamente vacío. En ese momento dejé de sostenerme y solté todo: mi profesión, mis preocupaciones y tus recuerdos. Lo último se desvaneció con facilidad cuando algo en la distancia cayó de seco en la mesa, rodó un poco y comenzó a girar, sin inercia externa. Era una de las monedas negras. Al principio me causó algo de gracia—el ruido en medio de semejante silencio—, pero luego todo el resto giró. La mesa, las sillas, los diseños de las baldosas, las tazas, los menús, los cuadros de las paredes y la porción del barrio que se veía desde la ventana. Y yo dejé que girara, permití que nacieran las revoluciones porque jamás había sido así. Me auto-diagnostiqué como delirante en ese instante, pero observé cómo todo se mecía y temblaba, rotaba sobre sí mismo y se negaba a parar. Solo podía observar. Los cuerpos giraban, con ropa y todo, y se torcían, como tu cuello aquella noche. Los sentía invitarme sin decir nada, con el magnetismo de sus revoluciones vestidas del grotesco salpicar carmesí, algunos más bordó. Los ruidos de muecas, lamentos, dientes peleando por espacio, huesos quebrándose como ramas y conciencias pereciendo. Ninguna en paz. Yo, intacto, en parálisis. Aún buscando señales tuyas. Te esperaba sentada frente a mí, aplaudiendo.
Lo último que vi al correr fueron los mechones color miel atados al ventilador, entre la oscuridad, y la blusa estrujada, hecha soga, empapada y chorreando con todo el menjunje que se mezclaba con los charcos del diluvio otoñal que invadió el lugar y rebalsaba ante la puerta. No me molesté en cerrarla.