La Ciega Espera
por K. Menard
Si cerrara los ojos, estaría invitando a la silueta distante a acercarse. Caminaría en cuotas, rengueando y frenando, como un pingüino poseído únicamente por un magnetismo que lo arrastrara hacia mí. Y la noche, siempre incapaz de mostrarme su rostro, no me permitiría discernir si me estaría mirando fijo y con bronca o si estaría pensando en el próximo pisar, sin despegar la vista del suelo. A veces iba de traje, otras de saco importado, y en pocas ocasiones, desnudo. Eso sí: jamás de uniforme.
Cuando una torpe alegría cubría mis dudas —hace ya dos décadas—, la silueta no existía. Cerrar los ojos significaba soñar con pájaros y el mar, con una ruta despejada, y emprender el camino hacia anécdotas que contar tras el verano, para luego olvidar con el paso de los años. La oscuridad bajo mis párpados era una ventana al espacio: un cielo estrellado sobre caminos infinitos, repletos de color, risas, soluciones, progreso y libertad. Eran futuros. Hoy, cerrar los ojos implica ver el pasado, puertas cerradas y preguntas sin respuesta. Hoy es enfrentarse al final del camino sin poder discernir lo que se oculta a la vuelta de la esquina. Es ver una vereda gris, salpicada de lomas formadas por raíces muertas que se niegan a ceder espacio en su reposo, con la furia de un bosque sustituido por asfalto y nuestro caminar.
Esa silueta titubeante se parece tanto a mí que la idea de dejarla pasar a mi lado me incomoda. Incluso apartarle la mirada resulta perturbador. Saber que con cada parpadeo, con cada despiste al mirar atrás, hace que avance aún más metros. Al sumergirme en distracciones, la escucho correr. Buscar la escapatoria equivale a acercarse a ella, porque, sea final, salida de emergencia, futuro o resultado, es lo mismo. La silueta marcha con indiferencia; su paso es determinante y silencioso, pese a su torpeza. En ningún instante su imagen se muestra clara y brillante, porque hay muertes dentro suyo. Debajo del saco no hay carne ni nervios; se escucha, con cada pisada, la falta de constitución—el chocar del esqueleto contra el suelo. La noche, vacía y siempre contaminada de farsas, sabe que dispone de una eternidad humana para dar rodaje a esa aproximación inevitable y suspensiva.
A pesar de todo, existo. Conozco el nombre, el apellido y la profesión de cada sombra que acecha en esos momentos en los que me obligo a imaginar —antes llamados soñar—. Son deseos sin esperanza. No hay viajes a paraísos. Se escuchan portazos cada diez metros de escapatoria, y el viento que corre y choca contra mis pupilas es antártico. A menudo, viene acompañado de los ecos de una pregunta y de la respuesta que ofrecía a ese chico de torpe alegría, ignorancia incandescente y lágrimas atrapadas bajo la escarcha. Es una receta fabricada específicamente para volver a esa película muda: la vereda eterna, el rengo en la distancia —ahora más reducida— con un rostro ya más entendible. Una función macabra que refleja el instinto inhumano de huir de lo real. Hoy, cerrar los ojos es despertar.